Apiario, abejas y Suiza

Por: Javier Vélez Arocho

Existe una práctica agrícola que data de cientos de años, que por su naturaleza es bien discreta y no llama la atención, a menos que vayas en busca de su producto.  Aun cuando sabemos que un pueblo o barrio existe un apiario, si no vas en busca de uno, es muy posible que pases de largo y nunca notes que estaba bien cerca.  La apicultura es simple pues depende de las abejas, la presencia de flores y del agua.  Es un sistema en balance perfecto, pues utiliza un recurso sin lastimarlo y produce un bien exquisito, valioso y alimenticio para el ser humano.  En Puerto Rico he tenido amigos, como mi maestro Tito Nieves o mi vecino Juan Francisco González, quienes dedicaron muchos años de su vida a esta actividad centenaria; sus proyectos fueron muy conocidos en mi tierra natal de Lares.

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El viaje que hice con mi esposa Pamy por Suiza nos llevó al pueblo de Zug, Suiza.  Localizado en la parte centro-noreste del país, este lugar es un típico pueblo medieval.  La localidad, de casi veintinueve mil habitantes, tiene una posición envidiable justo al lado este del lago Zug.  Un lugar limpio, organizado y con recursos naturales (agua y bosques) cerca de sus alrededores, es un ejemplo de buen vivir.  Fue allí que conocí a Ferdinand Dettling; un afable caballero de alrededor de setenta años, que además de ser apicultor, contable y especialista financiero, es el papá de mi amigo Marco.


La apicultura es simple

pues depende de las abejas,

la presencia de flores y del agua.


Muchas parejas en Suiza, una vez llegan a la edad de retiro, tienen años por delante de mucha actividad física y mental, pues se las arreglan para dedicar su tiempo al voluntariado y a pertenecer a organizaciones que les mantiene el cuerpo, la mente y el alma activos.  Ferdinand no es la excepción.  Después de retirarse, entabló amistad con un pequeño grupo de monjas que operan una escuela y casa parroquial en Zug.  Ellas tenían un apiario que necesitaba atención y Ferdinand tenía el tiempo y el conocimiento para hacerse cargo de esta singular operación. 

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Yo tenía muchos deseos de conocer a Ferdinand, no solamente por ser el padre de mi amigo Marco, sino porque quería ver el apiario; el producto de esta operación agrícola había llegado a nuestra mesa y me llamó la atención la consistencia y el sabor de la miel producida en Zug.  Al llegar al apiario comencé a comprender el por qué de su distintivo sabor y textura.  Aun cuando el lugar está ubicado en pleno pueblo de Zug, es como si al caminar unas tres cuadras te adentraras a un campo a millas de distancia.  Inmediatamente pude observar arándanos azules, manzanas, uvas, rozas, moras, remolachas y gran cantidad de frutas y también flores, que eran visitadas constantemente por abejas. 

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Debo decir que esperaba el típico colmenar que he visto toda mi vida en Puerto Rico, pero cual sería mi sorpresa cuando pude observar que el apiario de Ferdinand era una casa de madera muy singular; no mayor de unos trece pies por trece pies.  ¡Era un condominio para colmenas!  No había cajas dispersas por la propiedad o distribuidas en filas, todas estabas acomodadas como archivos en un anaquel de oficina.  Cada gaveta contenía de dos a cuatro colmenas estibadas de arriba hacia abajo en perfecto orden.  Las puertas tenían una vitrina donde se podía observar las condiciones de la colmena.  De hecho, Ferdinand tiene en cada puerta una hoja de cotejo con fechas de cambios, limpieza, remoción de reinas y/o la miel.  Imaginé que este contable debió ser impecable en su trabajo diario con números, porque las colmenas y su operación tenían esa característica de orden y eficiencia.

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Cada gaveta tenía de dos a cuatro

colmenas, estibadas de arriba hacia abajo

en perfecto orden. 


Una vez calmé la curiosidad ante tan interesante sistema de organización social y operacional de este apiario, Ferdinand me explicó sobre el proceso de extraer la miel.  Además de tener en perfecto orden todos los equipos que se utilizan en la extracción de tan delicioso manjar (centrífuga, ahumador, separadores, etc.), nuestro nuevo amigo tenía en su poder un manual de información sobre las especies, biología, reproducción y comportamiento que podíaser utilizado en cualquier universidad como libro de texto.  Dettling abundó un poco en la biología reproductiva, condiciones ideales para producción de miel y el proceso general de recogido del producto.  Luego de escuchar a este gran apicultor comencé a entender mucho mejor el centenario arte que comenzó con el simple acto de recoger miel; evitando ser picado por las miles de abejas que defienden una colmena.  Hoy día la apicultura se ha convertido no solo en una operación en extremo beneficiosa económicamente, sino también en un barómetro de las condiciones ecológicas del planeta.  Son muchos los estudiosos que nos dicen que las poblaciones globales de abejas están disminuyendo debido a la contaminación o el surgir de plagas como los hongos y viruses, entre muchos otros factores.

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Al observar el jardín, la belleza y sencillez sin igual de este pequeño proyecto agrícola, de un ser humano a más de 6,000 millas de distancia de mi Isla, pude ver que todos estamos unidos, aunque hayan barreras de idioma.  Tenemos intereses comunes y las cosas que pueden interesar y sorprender a una persona no tienen fronteras.  No importa si es en Suiza o Puerto Rico, el ser humano identifica espacios y tiempo para cosechar lo que nuestra tierra produce y ofrece.  Si lo hacemos con conciencia podemos disfrutar de un producto único como la miel, cortesía de la unión de las abejas, nuestras flores y nuestras aguas.